Laura Pollastri (edición). El límite de la palabra. Antología del microrrelato argentino contemporáneo.
Palencia, Menoscuarto Ediciones, 2007, 260 p.

 




Acaba de ser publicada, por menoscuarto ediciones, una antología del microrrelato argentino
contemporáneo a cargo de una de las especialistas más importante del género, la
Dra. Laura Pollastri, quien eligió para la edición el sugestivo título de El límite de la palabra.
Sugestivo y certero a la vez, porque lo atractivo de la nominación se aviene con justeza a
cierta precisión por el detalle abrevado por una forma narrativa minúscula en cuanto a su
tamaño pero mayúscula en cuanto a su significación simbólica. Su precisión nominativa
reside menos en la eficacia que en el hecho de que los microrrelatos en tanto que formas
breves apuestan, desde su propias condiciones de enunciación discursiva, a un trabajo minucioso
y detallista con la palabra. Tan minucioso es su rigor en el espacio de la escritura
—casi un trabajo de relojería, sutil y por momentos ambicioso— que no hay microrrelatos sin
una rigurosa composición. Sabemos hasta qué punto el importante rol que cumple la compositio
en la esfera de la retórica y sería un error, por cierto, suponer su ausencia en esta escritura
por tratarse de formas breves. Precisamente, a nuestro juicio, el título intenta dar cuenta de
la compleja estructura de formas narrativas aparentemente simples, pues los microrrelatos
pueden ser definidos bajo diversos atributos, menos el de lo simple. Como el deslumbrante
relato de Gustave Flaubert Un coeur simple en el que una historia contada de forma estrictamente
lineal desmiente la aparente simplicidad de la vida de su protagonista llamada
significativamente Felicité, así también los microrrelatos presentan una batalla crucial con la
materia prima de su composición y no es, a decir verdad, una batalla nada simple: la palabra
se mueve y se comporta a partir de una compleja acción entre acto de habla y narración,
entre quien cuenta (o relata) y la instancia que hace posible, enunciativamente, esa narración
pero siempre haciendo vértice en la categoría de lector, figura imprescindible en toda teoría
del relato.


La palabra está comprometida desde el principio en la forma de narrar, es una obviedad
ciertamente recordarlo; no lo sería, en cambio, discernir su intrínseca paradoja: que la palabra
es tratada menos en el modo con que lo hace la narrativa que en aquel que, aun con sus
múltiples diversidades, concreta la lírica. Al respecto en el prólogo, Laura Pollastri escribe:
“Otro elemento que el microrrelato comparte con el chiste, y que también es propio de la
poesía, es un empleo especial de los recursos de la lengua” (p. 16, el subrayado es nuestro).
De este modo, el límite de la palabra no es un mero sintagma sino más bien el corazón de los
microrrelatos, aquello que conforma sus entrañas ocultas, las que otorgan una consistencia
estructural de formas narrativas que no por su brevedad se atienen a temas triviales y superfluos.
Más bien ocurre todo lo contrario: estas formas narrativas se atreven con los grandes
temas de la literatura, no se acurrucan humildes al tamaño del envase. Digamos que la lógica
del microrrelato no es la de la petulancia; nada más aceptan —nada más pero nada menos—
el desafío de los grandes temas como lo hace la lírica que opera por condensación y laconismo.
Retóricas minuciosas, tanto las del poema como las del microrrelato, que despliegan una
serie de recursos discursivos cuyo signo es, tarde o temprano, volverse sobre sí mismo,
como si ya no fuera posible abismarse como poema o como relato en el relato mismo y
encontrar allí su propio límite que es el límite de la palabra. El título expone en su extremadamente
sucinta enunciación todos estas problemáticas narratológicas pero cabe aclarar, sin
embargo, que no se reduce a una exclusiva cuestión de género, aun cuando éste sea por
muchos motivos un factor fundamental. En este sentido, el límite de la palabra roza de
manera tangible el meollo moderno de la insuficiencia del lenguaje, esto es, el lenguaje como
la experiencia que no tarda en encontrarse con su propio límite; así, Laura Pollastri no deja de
inscribir la escritura del microrrelato en la tradición de nuestra modernidad ante la amenaza
que pesa sobre los escritores y que los coloca de alguna manera, como planteara Georg
Steiner, en la paradojal situación de quedarse sin hogar, de quedarse sin la lengua propia. Los
microrrelatos son tan viejos como el mundo, pero es su práctica específica lo que aparece
como objeto en el estudio-prólogo del volumen.

Como responsable de la edición de esta antología, Laura Pollastri no sólo escribe una
introducción de la antología sino que realiza una antología de autores argentinos cuyos textos
son emblemáticos de las problemáticas que los atraviesan y funcionan de un modo
concatenante en dos direcciones: el lector podrá tener una idea aproximada de la estética de
cada microrrelatista (una aproximación a un autor no es poca cosa) y, al mismo tiempo,
efectuar un tipo de vinculación con los autores adláteres del volumen. Este cuidado de la
antóloga es una virtud computable quizás a su capacidad creativa e inteligente de colección
a la hora de ensamblar textos heterogéneos en cuanto a lo temático y homogéneos en cuanto
a lo formal y de reunir ese conjunto en tanto que “serie”. Si bien la serie narrativa como
categoría de análisis no es tanto un programa como un efecto de lectura, hay que admitir la
idoneidad de la antóloga para concitar un conjunto de microrrelatos como éste y materializar
de ese modo una serie. El sustrato de la serie no es otro que la plasticidad de estas formas
narrativas para trazar sobre el espacio de la antología el problema del límite de la palabra, el
nudo principal que vuelve consistente al conjunto. Más allá del tema cuyo tratamiento nunca
da como resultado el hacer coincidir las estéticas particulares (a lo sumo fomenta la comparación,
siempre se impone aunque microscópica el rasgo diferencial entre ellas), la serie se
apoya sobre el campo formal de sus discursividades específicas y es desde su interior que
los microrrelatos terminan socavando la naturaleza limítrofe de la palabra. Dicho de otro
modo: la palabra está tan expuesta en el microrrelato como lo está en el poema, esto es,
confinada a la expresión como el único camino para llegar al silencio, la otredad de la palabra
al tiempo que su propia mismidad. Metafísica material, escritura del microrrelato opera por
microscopía semántica, porque da a ver aquello que, por tan oculto o tan visible, necesita del
procedimiento de extrañamiento, próximo a la técnica brechtiana del Verfremdungseffekt, que
nos permita abrir los ojos para ver cara a cara pero únicamente cuando comenzamos a
practicar la mirada desfamiliarizante: pareciera que sólo la distancia hace posible ciertas
lecturas, que sólo el modo de sentir extraño aquello que fue, hasta este momento en que
tomo la palabra, lo más familiar y certero que poseíamos en la existencia. Este procedimiento
está in nuce en varias de las composiciones que Laura Pollastri ha seleccionado. Los
textos de Juan Filloy son, quizás por fuerza del estilo (esa fuerza ciega de la lengua, al decir
de Roland Barthes en El grado cero de la escritura), absolutamente reconocibles, como si
dijéramos no pueden ocultar su marca de fábrica ineludible, de todo lo cual deducimos que en
tanto que forma narrativa el microrrelato participa de la obra del autor-Filloy, una participación
que trasfunde y al mismo tiempo infunde: trasfunde al microtexto la poética de la obra (que no
pertenece a un libro en particular ni tampoco a la suma de todos) y el microrrelato infunde su
propio modo de aparecer textual, su lacónica resolución del conflicto narrativo, como si el
aporte a la obra consistiera en una retroalimentación elaborada ahora en otros moldes formales
no menos rigurosos. Me interesa indagar las relaciones textuales y contextuales que se
entablan entre formas narrativas disímiles dentro de la obra de un autor. “Rúbrica” es un
microrrelato que podría resumir, de algún modo, la poética-Filloy centrada en el juego de y por
la palabra: de hecho, pensemos que en este texto la palabra-título “rúbrica” cambia de acentuación,
es decir, se desplaza de lugar y por ende también de sentido, juego de un desplazamiento
que en el final del microrrelato le depara al lector una sorpresa, un sentido sutil que
rebobina el principio tanto como se aleja de él a través de remate aforístico.


El prólogo de Pollastri es una teoría del microrrelato construida a partir de una lectura
crítica inteligente que no excluye la enorme sensibilidad que puede observarse no sólo en la
elección antológica en sí sino también en el modo en que dispone una sintaxis que es, al
mismo tiempo, un trayecto, no un mero muestrario. En esta teoría hace hincapié en tres
vectores se sentido fundamentales que tienen siempre como destinatario de la reflexión a la
figura del lector. El primero: ante la doxa crítica del género y la constitución de sus rasgos
básicos (la estudiosa apunta seis rasgos: la brevedad, el juego intertextual, el humor, los
recursos poéticos, la fragmentariedad y la reescritura), el planteo consiste en que sin el lector
para construir el relato (reconstruirlo) ninguno de estos atributos cobraría sentido alguno,
corroborando de este modo la modernidad del género chico narrativo, esto es, el cuento y el
microrrelato, desde la lección paradigmática de Poe. En este contexto es sumamente interesante
la distinción que realiza entre dos categorías como autor y antólogo en relación con el
efecto de lectura. El segundo: su posición de que, a contracorriente de lo que arguye cierta
doxa crítica ya establecida, los microrrelatos no son textos híbridos, ofrece importantes
consecuencias al análisis. Una de ellas es el hecho de que, cancelada la hibridez, los textos
pueden funcionar de manera alternativa y no conjunta: o funcionan como minicuentos o funcionan
como poemas. La concentración con la que opera esta clase de textos (que Pollastri
llama en un tramo del prólogo: compactación) no sería una esencia sino un rasgo que define,

en última instancia, el lector a través de los pactos de lectura. Y el tercero: la potencialidad
crítica del microrrelato para leer el mundo, la sociedad, otras literaturas.
La antología de microrrelatistas argentinos presenta un sesgo saludable y, por ello mismo,
descentralizador respecto de la función que ha cumplido siempre la ciudad de Buenos
Aires en el marco de la literatura nacional. Pollastri escribe: “desde la Patagonia, donde resido,
la visión de la literatura nacional difiere de la que se puede tener desde los centros de
hegemonía metropolitana. Mientras en las universidades del norte y de la Patagonia se está
investigando y enseñando el microrrelato como modalidad de nuestras letras, en la academia
capitalina y bonaerense todavía hay mucha resistencia a admitir su existencia”. De este
modo, el estudio y la investigación de la editora y antóloga de este volumen no cuestiona
tanto el saber de los centros académicos como la legitimidad de éstos para desfenestrar
prácticas de escritura que no forman parte del canon que promueven. La alusión de un mapa
literario y geopolítico, trazado a partir del microrrelato y sus vinculaciones con cosmovisiones
que ya no dependen del poder centralista de Buenos Aires para su legitimación, hace pensar
que se trata de una forma narrativa que no sólo transmite una técnica nueva, sino que es
capaz de formalizar una visión del mundo. Basta repasar el catálogo de microrrelatistas para
corroborar el principio de selección: Enrique Anderson Imbert, Isidoro Blaisten, Juan Filloy,
Eduardo Gudiño Kieffer, Pedro Orgambide, Saúl Yurkievich, Ana María Shua, Luisa Valenzuela,
Eduardo Berti, Raúl Brasca, Rosalba Campra, Nélida Cañas, Luis Foti, Sergio Francisci,
Mario Goloboff, Sylvia Iparraguirre, David Lagmanovich, María Rosa Lojo, Eugenio Mandrini,
Rodolfo Modern, Ana María Mopty de Kiorcheff, Alba Omil, Diego Paszkowski, María Cristina
Ramos, Orlando van Bredam, Alejandro Bentivoglio, Patricia Calvelo, Diego Golombek, Fernando
López, Ildiko Valeria Nassr, Juan Romagnoli y Orlando Romano. Tal antología (el lector
podrá encontrar, y reconocer como de gran utilidad, una breve biografía de cada uno de los
autores que forman parte del volumen) reviste un gran valor tanto para quienes se acercan
por primera vez al género como para los lectores ya iniciados. Por otro lado, la bibliografía
complementaria provee de los caminos críticos necesarios para quien desee adentrarse en el
estudio de estas formas breves llamadas microrrelatos.


Finalmente, tal como lúcidamente fue planteado por la misma Pollastri en el número
anterior de esta Revista, en su ensayo titulado “Desbordes de la minificción hispanoamericana”,
la antología se vuelve una reflexión sobre la antología. Allí escribe esta autora: “Uno de
los lugares donde se detectan con mayor eficacia las operaciones de lectura producidas
desde el marco de la minificción es en el armado de las antologías. Allí se hace patente que
la minificción no es sólo una táctica escrituraria sino también una estrategia de lectura revulsiva
que deslocaliza los modos de lectura y escritura”. Antologizar es un trabajo de escriba por
dos razones que El límite de la palabra de Laura Pollastri pone a la luz: la antología es
siempre el texto que la lectura del antólogo escribe sin escribirlo y la constatación barthesiana
de que toda lectura es inscripción, pre-escrito que va a parar a un corpus, un texto que se
vuelve material.

Enrique Foffani